A lo largo del Siglo XVII comenzaron a circular un sin fín de leyendas por la vieja y agitada Europa Central. Se hablaba de seres extraños, seres llegados de mundos lejanos, a los que se conocía como “los no muertos”.
Unos seres víctimas de enfermedades rarísimas y devastadoras como la rabia, la peste o la porfiria, ésta última provoca que el pelo y las uñas crezcan en el cadáver con el paso del tiempo, las cuales causaban sus muertes.
Se decía entre los aldeanos, los lugareños contaban que necesitaban la sangre para vivir, la sangre fresca de sus victimas, se decía que por las noches regresaban a sus tumbas. Durante decenios, los habitantes de Europa Central buscaron incesantemente las tumbas, encontrando los "no muertos", esos seres de ultratumba, intentándoles dar muerte, quemándoles, cortándoles las cabezas, clavando estacas a sus corazones, la muerte por la enfermedad de la rabia es terrible, porque el afectado muere por asfixia y eso provoca que la sangre no se coagule, en consecuencia, era muy habitual, que algún muerto por rabia, una vez desenterrado y sacado de su ataúd, mostrara signos evidentes de sangre fresca.
En la porfiria las uñas el pelo y las uñas crecían, y el cuerpo a veces quedaba incorrupto, Eran las señales del mal, las señales del infierno, los hijos del diablo, los hijos de la noche.
En el siglo XVII y XVIII la literatura gótica y mas tarde la romántica, recupero la imagen del vampiro, Victor Hugo y otros tantos hablaron de ello.

En 1897 un irlandes llamado Branm Stoker (bien asesorado por algunos profesores húngaros) escribió una obra inmortal, Drácula. Sin embargo la obra fue prohibida durante años en Romanía, no fue autorizada hasta bien llegado el siglo XX, concretamente hasta el año 1992.
Porque Drácula se basaba en una historia, en la epopeya, de un héroe local (por lo menos los rumanos lo consideraban asi) un príncipe valaco (voivoda balaco) que durante años, sometió al terror, a los invasores turcos. Su nombre era Vlad III Dráculea, aunque el pueblo le llamo Tepes “el Empalador”.
A mediados del siglo XV, Valaquia es un pequeño territorio amenazado en dos frentes, de un lado por los húngaros (señores casi naturales del terreno) y del otro por los turcos (invasores de todos los Valcanes y de la Europa Central). El imperio bizantino esta a punto de caer, estamos a un paso de 1453, cuando las tropas turcas de Mehmet II (el gran sultan) tomaron y dominaron Contastinopla, el ultimo reducto de los bizantinos. Valaquia, Moldavia y Transilvania son el germen, el semillero de lo que seria la futura Rumania, unas poblaciones que estaban bajo la tutela del Sacro Imperio Romano-Germánico, y el que ostentaba el titulo de emperador era Segismundo, el rey de Hungria.